lunes 17 de noviembre de 2008

Divertidos hasta la muerte (Parte II)

... Los hombres que controlan el firmamento social hacen los posible por obtener más beneficios, y la forma que los define es la de insectos invisibles que succionan los fluidos corporales humanos. También succionan los fluidos corporales del planeta: petróleo y recursos naturales, ya sea el agua dulce, los bosques o las riquezas de la tierra destinada al monocultivo de soja. Se trata de grandes corporaciones, que adquieren vida en la bolsa de valores donde se compra y se vende y se invierte en acciones de esas corporaciones multinacionales. Una de las entidades gigantezcas es la industria del armamento militar.
Así el gran capital decide: pone y saca presidentes, puede desestabilizar una economía cuando ésta no le es favorable e implantar un poder afín a los objetivos de ese capital internacional. Los objetivos son obtener ganancias hasta del último rincón oscuro del planeta, y no se preocupa por la pobreza que genera, pues ésta, en todo caso, es necesaria para el funcionamiento del sistema.
El capital organiza tanto la «vida» como así también los estudios que las personas siguen para convertirse en “profesionales”. La educación, profundamente influenciada y/o utilizada por el capitalismo (y/o hija de éste, en cuanto a la “moderna”), sirve como el punto de partida para crear personas abocadas -eso y sólo eso- a una u otra tarea dentro de la línea de ensamblaje de la gran máquina de la sociedad capitalista, y un ejemplo es la organización científica del trabajo, que al parecer se ha trasladado a toda la vivencia humana. Así, por sociedad capitalista se entiende que la sociedad ha caído en un profundo y hondo verticalismo donde cada parte entra en el juego de la oferta y la demanda y en donde las diferencias son, por ende, cada vez más acentuadas. La estratificación social –la desigualdad verticalizada- fue asimilada por el capitalismo, que le dio un nuevo ideario acorde a él mismo. Estas desigualdades son utilizadas entonces para imprimir los patrones de pensamientos que diferencian a cada estrato social para así ser legitimadas cuando son reconocidas como lo “justo conocido” por el ideario colectivo. Mediante la creación de patrones de pensamiento acordes se obtienen operarios –llamados “profesionales”- que son destinados al área que les corresponda dentro de la gran industria vertical capitalista: en donde existe un lugar primordial, la “cima”, y una zona baja paupérrima, la de desechos industriales. Dentro de los dos extremos, el «común» lucha por escalar lugares y no descender e ir perdiendo paulatinamente su status. Y es aquí en donde el sistema organiza la vida, pues crea un ideario de mejores y peores (lugares), que se traslada a la vivencia diaria de los seres humanos alentando la competencia encarnizada entre ellos y por ende la desigualdad y la exclusión. Y por esto, no es sorpreza que en cada “estrato” exista esta noción de «mejores y peores», noción tan artificial y funcional al sistema como falsa. Un ejemplo corriente de ésto es la idea de que existen mejores carreras de estudios que otras, cuando en realidad, sólo se trata de carreras con más salida y/o complejidad, que son aquellas más o menos utilizadas y requeridas de acuerdo a los objetivos del sistema capitalista.
Volviendo al tema principal, ya que el capital organiza la vivencia, no es sorpresa que también organice los gobiernos. Las guerras se transforman en instrumentos capitalistas de la competencia por obtener más (poder), a diferencia de antes, ahora el objetivo de ésta es la consecución de más beneficios (profit); los presidentes son puestos por corporaciones y/o élites económicas (incluso las de carácter “nacional”), más que por el llamado «pueblo»; la religión, en general, aporta al ideario la noción de la existencia de un ser superior –un Dominador-, y al mismo tiempo la legitimación de la sumisión a un poder supremo: primera desigualdad legitimada. El punto importante es sobre los “intérpretes” de ese poder supremo, que, de alguna manera, colaboran aceitando los engranes que mantienen en funcionamiento al ideario colectivo alineado al sistema dominante en cuestión.
Por otro lado, estos patrones de pensamiento son transmitidos a través de la televisión, modificando la cultura (o inluso creando una alternativa) que cobra forma en el ideario. Así se mantiene a los humanos «entretenidos», en el doble sentido de ocupados y divertidos, mientras se les imponen formas de pensar y ciertas conductas determinadas.